Pareciera que cuanto más cómodos estamos, paradójicamente, comenzamos a sentir una incomodidad difícil de explicar. Me cuesta contemplar si viene del aburrimiento, de la estabilidad o si hay algo externo que sucede y de alguna forma nos obliga a movernos de lugar.
Movernos implica entrar a un terreno desconocido donde no sabemos qué puede pasar. Es sentir que “no estamos aquí, pero tampoco allá”. Cada vez más lejos de nuestra zona confortable y no tan cerca de ese tan deseado lugar. Ver como el universo se está llevando una parte nuestra, contemplar aquello que se desmoronó, dejar atrás un viejo mundo al cual ya no podemos regresar.
Pero, para llegar al otro lado, nos toca bucear, nadar otros mares, atravesar tormentas, escuchar silencios, entregarnos a un nuevo viaje… Todo se mueve para que nos dirijamos a donde sí sabemos que es.
Son las fuertes sacudidas las que nos llevan a conocernos mejor, a integrarnos y a transformarnos profundamente. Será después de una fuerte tormenta que tendremos la certeza de que estamos preparados para un nuevo viaje.

Hay que ser valiente para movernos, pero no hay mejor experiencia que aquella que nos lleva a vernos diferentes. Querido amigo: “Estamos creciendo y dejame que te diga que sin incomodidad no hay crecimiento”.

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